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Descargar Caricias de Horror - Sthepen King-En formato Pdf y Jar

Esta vez vengo con libros! miren chicas (os) les recomiendo full este libro!! si son de aquellos que les gustan los libros de terror les va a gustar mucho. tiene de misterio, intriga y te mete miedito!
Busqué sinopsis en internet, pero los resultados no concuerdan :/ asi que les dejaré la nota de autor. Animense a leerlo!


NOTA SOBRE LOS CUENTOS

No a todo el mundo le interesa saber de dónde salen los cuentos, lo cual es perfectamente válido. No hay ninguna necesidad de saber cómo funciona un motor de combustión para conducir un coche. Ni tampoco hay por qué conocer las circunstancias que rodean la ela-boración de una obra literaria para encontrar placer en su lectura. De la misma manera en que los motores interesan a los mecánicos, la creación de una novela interesa a los académicos, los lectores y los curiosos (los primeros y los últimos son casi sinónimos, pero no importa). He incluido aquí algunas notas referentes a varias de las narraciones, cosas que creo que podrían atraer al lector. Aunque, de no ser así, te aseguro que puedes cerrar el libro en este mismo instante sin pesar alguno. No vas a perder mucho.

La niebla fue escrita en el verano de 1976 para una antología de nuevas narraciones que estaba preparando mi agente, Kirby McCauley. McCauley ya había presentado al público otro libro de este tipo, con el título de «Terror», dos o tres años antes, en edición de bolsillo. Pero el segundo estaba pensado para una edición de lujo y era mucho más ambicioso. Se llamaba Fuerzas oscuras. Kirby quería que escribiese algo para él y me persiguió con determinación y tenacidad... y una especie de cortés diplomacia que es, según creo, la mejor cualidad de un agente literario.
No se me ocurría nada. Cuanto más pensaba, menos se me ocurría. Estaba ya empezando a temer que la máquina de fabricar cuentos se hubiese estropeado en mi cabeza, temporal o permanentemente. Fue entonces cuando estalló la tormenta que se describe en el relato. En su momento más crítico tuvimos una manga de agua en Long Lake, Bridgton, donde vivíamos entonces, y es cierto que insistí en que mi familia bajara conmigo al sótano por un rato (aunque el nombre de mi mujer es Tabitha, Stephanie es el de su hermana). El viaje al supermercado al día siguiente fue en buena medida tal como se narra, aunque tuve la fortuna de ahorrarme la compañía de alguien tan odioso como Norton. En la vida real, la casa de verano de Norton estaba ocupada por un doctor, muy agradable, Ralph Drews, y su mujer.
En el supermercado, como siempre, mi musa me ensució la cabeza sin aviso previo. Me encontraba en medio de un corredor, en busca de panecillos para salchichas de Frankfurt, cuando concebí la posibilidad de que un gran pájaro prehistórico entrase batiendo alas hasta el mostrador de las carnes, al fondo del establecimiento, y tirando de paso al suelo latas de piña en almíbar y botes de salsa de tomate. Cuando mi hijo Joe y yo estábamos en la cola para pagar, empecé a jugar con la idea de que toda aquella gente quedase atrapada en un supermercado cercado por monstruos prehistóricos. Se me ocurrió que sería extraordina-riamente divertida... igual que El Álamo, si la hubiera dirigido Bert I. Gordon. Escribí la mitad del cuento aquella misma noche y el resto en la semana siguiente.
Resultó un poco largo, pero Kirby decidió que era bueno y se incluyó en el libro. No me gustó realmente hasta que lo redacté por segunda vez. Me disgustaba especialmente la imagen de David Drayton durmiendo con Amanda e ignorando para siempre lo sucedido a mi mujer. Me parecía cobarde. Pero en la segunda redacción descubrí un ritmo de lenguaje que me complació. Con ese ritmo en la cabeza, logré reducir el relato a sus elementos más básicos con más éxito que en otras narraciones mías más largas (como «Alumno aventajado», de Verano de corrupción, que es un buen ejemplo de mi enfermedad particular: la elefantiasis literaria).
La clave real de ese ritmo reside en el uso deliberado de la primera línea, que robé sencillamente de la brillante novela Shoot, de Douglas Fairbairn. Esa frase es, para mí, la esencia de cualquier historia, una especie de conjuro zen.
Debo confesar que también me gustó la metáfora implícita en el descubrimiento de sus propias limitaciones por parte de David Drayton. Como también me gustó la alegre morbosidad de la historia. Es algo para ver en blanco y negro, con el brazo sobre el hombro de tu amiga (o tu 4
amigo) y un gran altavoz asomando por la ventanilla del coche. La otra película de la sesión do-ble es cosa tuya.
El mono. — Hace unos cuatro años me encontraba en Nueva York en viaje de negocios. Regresaba al hotel después de visitar a mis amigos de la New American Library, cuando vi a un chico que vendía monos con un mecanismo de cuerda en la calle. Había un montón sobre una manta gris extendida en medio de la acera, en una esquina de la Quinta Avenida con la calle Cuarenta y Cuatro, todos ellos haciendo reverencias, sonriendo y tocando los címbalos. A mí me produjeron auténtico pavor y me pasé el resto del camino al hotel tratando de averiguar por qué. Llegué a la conclusión de que era a causa de la Señora de la Guadaña... la que corta el hilo de cada uno un buen día. Con esos elementos en la cabeza, escribí el cuento en una habitación de hotel, a mano en su mayor parte.
El atajo de la señora Todd. — La auténtica señora Todd es mi mujer. Se vuelve realmente loca por los atajos y una gran parte del que aparece en ese relato existe. Ella también lo encontró. Y Tabby parece cada día más joven. Aunque espero no parecerme a Worth Todd. Por lo menos, eso intento.
Me gusta mucho ese cuento. Me hace gracia. Y la voz del viejo es muy relajante. De vez en cuando, uno escribe algo que le trae recuerdos de otros tiempos, de cuando todo lo que uno escribía parecía fresco y lleno de inventiva. «La señora Todd» me dio esa sensación mientras lo escribía.
Una última nota al respecto. El relato fue rechazado por tres revistas femeninas. Dos de ellas, por la línea en que se describe cómo una mujer se orina en su propia pierna si no se agacha. Al parecer, pensaron que las mujeres no orinan, o se negaban a que se les recordara el hecho. La tercera revista, Cosmopolitan, lo rechazó por estimar que la edad del protagonista era demasiado avanzada para su lectorado básico.
La Expedición. — En principio, estaba destinado a Omni, que lo rechazó con toda razón por lo deficiente de las descripciones científicas. La idea de los colonizadores buscando agua bajo tierra es de Ben Bova y la he incorporado a esta versión.
Superviviente. — Un día empecé a pensar en el canibalismo —que es el tipo de cosas en que piensan los chicos como yo— cuando mi musa evacuó una vez más sus mágicos intestinos sobre mi cabeza. Sé que suena grosero, pero es la mejor metáfora que conozco, elegante o no, y créeme que le daría un laxante si me lo pidiera. Bueno, empecé a preguntarme si sería posible que una persona se comiera a sí misma. La idea era tan absoluta y perfectamente nauseabunda que la satisfacción me impidió hacer otra cosa que pensar en ello durante días. Finalmente, un día en que mi mujer me preguntó de qué me reía mientras comíamos hamburguesas en el porche, decidí que, al menos, debía intentarlo.
Vivíamos entonces en Bridgton y me pasé una hora conversando con Ralph Drews, un médico retirado que ocupaba la casa contigua. Aunque al principio no dejó de mirarme lleno de recelos (el año anterior, mientras escribía otro cuento, le había preguntado si era posible que un hombre se tragara un gato), finalmente convino en que un hombre podría subsistir durante algún tiempo comiéndose a sí mismo. Como todo lo material, señaló, el cuerpo humano no es más que energía acumulada. Ah, le pregunté, ¿y qué hay del continuo shock traumático de las amputaciones? La respuesta a la pregunta es, con algunos cambios, el primer párrafo de la historia.
Supongo que Faulkner nunca hubiera escrito algo semejante, ¿verdad? ¡Qué le vamos a hacer...!
Bien, eso es todo. No sé si a ti te ocurre lo mismo, pero cada vez que llego al final es como si me despertara. Es un poco triste perder de vista un sueño, pero lo que hay a nuestro alrededor —el mundo real— también merece la pena. Gracias por viajar conmigo. Me lo he pasado muy
bien. Siempre disfruto. Espero que hayas llegado sano y salvo y que vuelvas otra vez porque, como dice ese mayordomo de Nueva York tan divertido, siempre hay más cuentos...
STEPHEN KING
Bangor, Maine

Cuentos incluidos:
- Abuela
- Almuerzo en el restaurante Gotham
- Apareció Caín
- Cabalgando la bala
- Crece sobre ti
- Del otro lado de la niebla
- El asesino
- El atajo de la señora Todd
- El camión del tío Otto
- El compresor de aire azul
- El duende
- El extraño
- El hombre que no quería estrechar manos
- El mono
- El ordenador de los dioses
- El piso de cristal
- El quinto fragmento
- En el submundo del terror
- Hay que aguantar a los niños
- Hay tigres
- Hotel al final del camino
- Johnathan y las brujas
- La balada del proyectil flexible
- La balsa
- La cosa en el fondo del pozo
- La expedición
- La expedición maldita
- La imagen de la muerte
- La noche del tigre
- La playa
- Las revelaciones de Becka Paulson
- Los chicos del maíz
- Los misterios del gusano
- Los reploides
- Nona
- Nunca mires detrás de ti
- Pelotón D
- Popsy
- Slade
- Soy la puerta
- Superviviente
- Tengo que escapar
- Una tarde en lo de Dios 2

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